Había finalizado la calle y notó que aun no podía deshacerse de aquella carga que, desde hace algunas décadas, llevaba jorobandolo cada día más, y no se lograba concentrar.
Pasó al pupiletras en la desolada calle y se sentó sobre una piedra que tenía forma de bala. La conciencia despertaba de su sueño mentiroso y lo culpaba desde los omóplatos pronunciando su tan horrenda jiba de culpas. Se le revolvía la linfa.
Encerró con su lapicero verde Jesús de la Cerna "Debe ser una coincidencia, creo que hay un filosofo con ese nombre, no te pongas nervioso", se dijo a sí mismo.Con la mano temblorosa le daba curso a la siguiente frase Te haré sentir mucho dolor hasta morir, traicionero. Esta vez no terminó de encerrar y continuó leyendo el resto de frases que habían listado en la pagina del pupiletras. Todas eran sus muertos y las amenazas de estos. Aterrado de un brinco tiró el diario y su bolígrafo; y, mientras se rascaba la cabeza y mordía las puntas de sus cabellos, leyó lo último que llegó a ver del periódico Te vamos a volver loco Judas. Los ojos se le torcieron y sus cabellos con saliva colgaban en su horrenda jiba. Así continuó su largo camino.
A veces la conciencia se torna el peor enemigo de uno, pues se vuelve innecesaria la justicia y perenne la locura.

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